Y con falsas promesas trataron de quitarse todas las esperanzas que les acompañaban, trataban de desilusionarse mutuamente, sin darse cuenta de que seguían todo lo contrario. Como fugitivos se ocultaban a la luz de la luna para mantenerse en el anonimato, para pasar desapercibidos. Lo que no sabían era que irradiaban tanta felicidad y tanta luz por sí solos que todos a su alrededor los veían, aunque ellos mismos no se daban cuenta. El uno era el refugio del otro, el lugar donde quedarse, donde acudir cuando había tormenta a su alrededor. El lugar perfecto para perderse, por todos y cada uno de los centímetros de la piel del otro, para contar los lunares más escondidos y así formar una nueva constelación a la que llamar felicidad. Pensaron que convenciéndose de que todo acabaría mal, que eso no tendría un futuro; que vivirían mejor, tan solo mirando el presente, sin pen...
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