El viaje hasta casa de los abuelos fue largo, muchas horas en autobús junto a Noah, en las que dormitábamos, hablábamos y jugábamos, todo ello con algunas miradas poco deseadas. No recordaba muy bien el camino, pero al pasar delante de todos esos edificios grises y tristes para después pasar a ver un paisaje más campestre en el que podías ver corretear a las liebres, a los pájaros hacer piruetas en el aire, como si de un espectáculo se tratara y pretendieran agradar al público. Tras cinco horas sentados en el autobús, llegamos a un pueblo de esos que según vas en la carretera te pasas y ni siquiera te das cuenta de que ya le has pasado. A las afueras se situaba una pequeña casa color amarillo con molduras de escayola blanca alrededor de las ventanas y los balcones, era tal y como la recordaba, con las sillitas en el porche en la que mis abuelos por las noches salían a contemplar el cielo, esas cortinas blancas con un tono amarillento de las ventanas de abajo, que aún con el paso de l...
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