El estridente e insoportable ruido de la alarma me despertó como cada mañana para ir a clase. Todas las mañanas hacía el mismo ritual, me levantaba poco a poco, adormilada y buscaba algo que ponerme, cuando me quitaba el pijama me miraba en el espejo unos minutos, siempre aparecía ante mí una chica de piel clara, que no llega al metro sesenta, con el pelo anaranjado y unos reflejos rojizos, con unos ojos intimidantemente grandes de color marrón en la zona más externa, mientras que si te fijabas muy bien en ellos en el interior se volvían de un verde oscuro que iba volviéndose claro poco a poco. La chica del espejo tenía una nariz común, no era achatada como la que veía en las fotos de su madre y tampoco era aguileña como la de su padre, en cuanto a sus labios dejaban mucho que desear ya que eran finos; pero lo más característico de esa chica era ese pequeño lunar en la barbilla, que ella tanto odiaba. Me fijaba en cada parte de su cuerpo. Aunque solía detenerme en los ojos y repetirm...
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