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CRISTALES FRÍOS. PARTE II.

Llegamos a casa. La casa en la que vivía junto a mi padre era una pequeña casa adosada de color marrón chocolate con molduras de escayola en color blanco, llevamos dos años viviendo aquí. Mi padre compró esta casa porque era la que le gustó a su prometida. Se iba a casar con una mujer unos años más joven que él, tenían todo organizado, la casa comprada y amueblada, todo por ella. Hasta que mi padre se la encontró en la cama con otro, ahí se terminó todo y nos mudamos a vivir a esta casa. La verdad es que no conozco a los vecinos, solo sé que es una familia de clase media que se da dotes de riqueza, que se creen algo sin ser nada.  
Volviendo a mi casita, estaba amueblada de forma bastante moderna, era de concepto abierto. Por lo que al entrar te topabas  con unos sillones color café que rodeaban la chimenea sobre la cual se situaba la televisión, al lado estaba la cocina blanca y gris con unos taburetes de color amarillo. El suelo era de madera, madera que de vez en cuando chirriaba al pisar ciertos listones; sobre todo en el piso de arriba, allí se situaba mi cuarto. Este era espacioso, sobre todo por el color blanco que había en las paredes y por la luz que entraba a través de la ventana, bajo esta se situaba un banco de color azul con cojines grises que hacían juego con las cortinas y la colcha. Mi habitación era la representación de mi misma, todo era un desorden, la mochila de clase junto al armario, tirada en el suelo de cualquier manera, la silla del escritorio llena de ropa y sobretodo había muchas estanterías repletas de libros. Mi habitación es mi santuario, no suelo salir de esta cuando estoy en casa, es mi refugio.  Mi rincón favorito es el banco que hay bajo la ventana, es mi lugar de lectura, suelo pasar largas y tendidas horas aquí leyendo. Como ahora.
Estaba tan inmersa en la lectura que no escuché como se acercaba, no escuché chirriar el suelo. La puerta de abrió de golpe. Me asusté. En la puerta estaba él, mirándome de esa forma tan repulsiva, miraba mi cuerpo de arriba abajo, no dejaba de mirarme. Tenía una mirada lujuriosa, con ese brillo en los ojos que me confirmaban a qué había venido, esa mirada me producía nauseas cada vez que la veía.
-Vamos.- dijo con voz ronca, a la vez que entraba en la habitación.
Yo sabía a qué se refería con ese vamos, y no, no era un  <<vamos, la cena esta lista>> o <<vamos empieza la película>> o <<vamos, hora de dormir>>. No. Ese vamos era diferente, cada vez que lo pronunciaba todo mi mundo y mi alegría se desvanecía. No quería tener problemas, por eso dejé el libro y me encaminé a la cama. Antes de llegar el ya me había sujetado el brazo para atraerme antes hasta el. Él me desnudaba con prisas, muy rápidamente para pasar a bajarse sus pantalones hasta la altura de las rodillas.
Eran minutos de llanto, pero de llanto en silencio porque no quería que él me escuchara llorar y menos que viera que derramaba una lágrima, por eso lloraba por dentro. Cerraba los ojos, hasta que sentía como su sudoroso y agitado cuerpo se separaba del mío. Pasé  un rato en silencio,  para escuchar cómo se alejaba poco a poco por la escalera, entonces decidí levantarme.
Y ahí estaba en el suelo esa mancha blanca que después me tocaría limpiar, junto con mi ropa, los últimos pedazos de orgullo y toda mi alegría.

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Vivir.

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