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CRISTALES FRÍOS. PARTE VI.

Abro los ojos y unos naranjas  y blancos y otros colores más tímidos, aparecen poco a poco, como si estuvieran recién sacados de la paleta de un pintor optimista. Qué diferente es si comparamos con el día de ayer, una mañana teñida de grises; pero de esos grises que no sirven para colorear la mediocre normalidad de la rutina, sino para deprimir, para entristecer, para hacer sufrir. Esta mañana comienza pareciendo optimista y alegre, así lo muestran los colores y el estridente aunque soportable graznido de las gaviotas que suenan cerca, puesto que el mar se encuentra debajo. Todas y cada una de ellas piden ser las protagonistas de un día que no necesita nada para poder convertirse en un hermoso día.
No recuerdo muy bien qué sucedió anoche, las imágenes se colapsaron en mi cabeza hasta que me desmayé cuando llegamos al acantilado, solo recuerdo una mano fuerte sujetando la mía y una voz, sí era su voz, decía que corriera más y a la vez que preguntaba desesperado dónde podríamos quedarnos. Y aquí estoy, en mi refugio con el leve sonido de las olas de un mar tranquilo, que se mece todavía adormilado a las primeras luces del alba.
Todavía estaba tumbada, giré la cabeza y entonces le vi. Me miraba sin mirar, tenía grandes socavones negros bajo sus preciosos ojos, el pelo despeinado que la brisa movía a su antojo. Sonreí, al momento me arrepentí de hacerlo, me dolía la cara debía de estar  hinchado y muy morado, el dolor aumento cuando puse mi mano encima para comprobar cómo estaba el golpe.
-No lo toques-me aconsejó, volviendo en sí.
-¿Estoy muy fea?
-No, estas preciosa. Pero vaya noche me has dado…-dijo mientras una traviesa sonrisa aparecía en la comisura de sus labios.
-¿No has dormido? Lo siento.
-Un poco, pero no te preocupes. Tenías pesadillas, gritabas y llorabas dormida. Te intentaba calmar, pero no lo conseguía. ¿Sabes? Es la vez que más impotente me he sentido.
-Yo…lo siento…-no sabía que decir, sonó un rugido dentro de mi estómago salvándome así del incómodo silencio.
-¿Tienes hambre?-preguntó Noah cuando adivinó de dónde provenía el sonido.
-Un poco.
-Quédate aquí, ahora vuelvo. Iré a la tienda del muelle.
Tras un largo rato de espera regresó con bolsas de chucherías, refrescos, fruta, dulces, agua…
-¿Es que vamos de acampada o crees que soy una comilona?
-No, la verdad es que no sabía que te gustaba, así que traje un poco de todo.-hubo un silencio en el cual estuvimos comiendo, tras ello, Noah fue el primero en romper el silencio.
-¿Quieres… ya sabes… contármelo?-parecía nervioso.
-¿Mi vida..?-tuve miedo.
-Solo si quieres, nunca me has hablado mucho de ti…
-Yo tenía seis años cuando mi madre murió, era muy pequeña por lo que no me acuerdo mucho de ella, murió… aquí, es decir, en este acantilado.
-Joder, lo siento.
-Mi padre nunca habla de ella. Recuerdo haber vivido durante varios años con mis abuelos, estuve durante ese tiempo sin ver a mi padre, ellos me decían que trabajaba mucho y estaba muy lejos para poder ir hasta su casa a verme y me decían que mi madre… que mi madre se había convertido en un ángel más del cielo.
-¿Cuánto tiempo estuviste viviendo con ellos?
-Cuatro años, llevo desde los diez sin verlos. Mi padre regresó a por mi y se distanció de mis abuelos, nunca me llevaba a verlos…-se me hizo un nudo en el estómago.
-¿Cuándo comenzaste a venir aquí?
-Vivíamos cerca de aquí, el me traía de vez en cuando al muelle  y llevábamos flores a la cruz que muestra dónde murió mi madre. Comencé a venir aquí cuando comenzó todo, cuando volvía  vivir con él en nuestra antigua casa, me escondía aquí. Siempre solía entrar de noche en mi cuarto, entraba borracho, me gritaba, de desnudaba, se desnudaba, me pegaba si me resistía y…
-¡Para, por favor!-me cortó Noah.-¿Cómo puedes contarlo tan tranquila?
-He crecido con ello, ya es algo normal en mi vida.
-¿Recuerdas la dirección de tus abuelos?-preguntó.
-Sí, ¿por qué?-dije confundida.
-Mañana por la mañana iremos a la parada de bus más cercana e iremos a verlos.
-¿Por qué?
-¿No crees que deben saberlo, que deben ayudarte? Ellos son la única familia que te queda, ¿no? Pídeles ayuda: debes denunciar esto que te ha estado haciendo durante todos estos años.
-No sé cómo reaccionarán cuando se lo cuente.
-Son tus abuelos, te ayudarán.
El resto del día seguimos contando anécdotas de mi vida. E incluso Noah me contó cómo sus padres intentan comprarle con cosas materiales, como de pequeño faltaban a su cumpleaños, pero lo intentaban solucionar con el regalo más caro. Muchas navidades se iba a pasarlas con sus abuelos, porque sus padres salen del país por viajes de negocios.
 La verdad es que no sé qué vida es más triste, si la suya o la mía.







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