Cuando el día acaba es cuando llegas a casa, a tu zona de
confort. El lugar en el que eres realmente tú; es un lugar en el que no hace
falta ninguna apariencia. Es donde te quitas la máscara que durante el resto
del día impones en tu cara. Una máscara que es dura, un muro que estableces
entre tú y el resto del mundo. Te atas unas cadenas para no cometer locuras en
esos momentos, pero al llegar a casa, esas cadenas se rompen, desaparecen. Por
lo que vuelves a ser tú, vuelves a sonreír por todo, a cometer locuras, a vivir…
Y es que al terminar el día todos volvemos a ser humanos,
con nuestros más y nuestros menos. Con nuestros problemas, con nuestras
alegrías y tristezas. Con nuestros pequeños y grandes vicios, con nuestros
miedos…
Es cierto que aún sin quererlo establecemos esa máscara en
nuestra cara, sin saberlo abrimos un muro sin puerta alguna al mundo, pero ¿por
qué? ¿por qué nos escondemos? A lo mejor por la sociedad o simplemente miedo a
ser juzgados, a la opinión del resto o que te puedan hacer daño. Pero no hay
mejor sensación que ser uno mismo, sin importar lo que digan, piensen o
inventen.
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